
Era un mediodía de noviembre y nos encontramos con el pretexto de agasajarnos bajo esa galería imponente de robles del Paseo Mendoza.
Ahí, sentadas, dispuestas a olvidar por un momento y dejándonos envolver por el perfume de las madreselvas, jugábamos con el reflejo de las hojas, el sol y las lágrimas.
En eso estábamos cuando llegó el mozo, coronando su paso con la jarra de limonada con jengibre y cedrón, era una deliciosa nube blanca con pequeñísimos puntitos verdes que cuando entraba en contacto con los labios se volvía un bálsamo de dulzura, se deshacía en un néctar de exquisitez y depositaba en el fondo de nuestras mandíbulas el ácido característico del limón. Nunca volví a disfrutar una limonada igual. ¡Ambrosía! Dijimos al punto que chocábamos los vasos en un eco de cascabeles, y nos reímos con esa tontería.
Disimulábamos, pero el dolor era tan intenso que parecía una gelatina que flotaba en el aire, se metía por los poros y recrudecía en un sopor que nos envolvía de hiel.
Dijimos algunas cosas para darnos un respiro. Anotamos los nombres de algunos pájaros que reconocimos por sus cantos o por los colores, y creo que maldijimos al camión que pasó por la calle levantando la polvareda que cambió nuestro humor.
Alguien prendió un cigarrillo y nos pusimos a mirar esos arabescos imposibles que llegaban a la piel dibujando con calor aquello que guardaban en bocanadas.
Nos perdimos hablando de tipografías y colores, nos dejamos arrastrar por la vida que palpitaba al alcance de la mano, dejamos que nos llevara a donde queríamos estar en ese momento. Cerramos los ojos. La abrazamos.
Yo también la extraño.
1 comentario:
como si las estuviera viendo. Abrazo irrompible desde uruguay.
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